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LOS RIESGOS DEL REDUCCIONISMO EN LA TERAPIA FLORAL - Gabriela Ricciardelli

Para poder comprender la obra de Edward Bach, es necesario partir de los conceptos de salud y enfermedad que engloba su Cosmovisión, ya que decidió trabajar con principios ancestrales dejados de lado por la cultura dominante de su tiempo. 

Nos movemos bajo una valoración de la salud aceptada socialmente para plantear el problema de la enfermedad, la que dice que el factor esencial para lograr la salud es salir de la enfermedad, porque ésta sería como un punto de partida en lugar de un punto de llegada luego de un largo proceso, como señala Bach. En nuestra cultura, consideramos la enfermedad como algo nuevo que se ha manifestado y que es un punto de partida en el que hay que luchar. Para Bach, llegamos al estado de enfermedad luego de un largo proceso en el que la salud ha pasado por diversos deterioros. El factor esencial para la salud es aprender la lección que se nos ofrece a través de las enfermedades o aprender la lección de salud que se nos ofrece en general.

Bach señala “La salud consiste en obedecer las órdenes y estar de acuerdo con nuestro yo espiritual”. ¿Quién da las órdenes?, evidentemente se está refiriendo a órdenes de los dictados del alma, no a las órdenes del Terapeuta/Médico quien le indica tomar una determinada esencia/medicación. El otro aspecto que aparece en la definición es el yo, Bach diferencia el yo común -no un yo en común- vulgar, físico, que tiene la característica de ser físico o psicofísico y el que imaginamos es el centro de la personalidad. El yo como conjunto de fuerzas de todas las interacciones, algo así como el centro mental porque consideramos que la conciencia se encuentra en la mente. Por otro lado, menciona al yo espiritual y hace una diferenciación. Él habla de lo eterno, de lo que nos conecta con el cosmos, lo espiritual que está en el cosmos y está en nosotros. Bach tiene una noción ternaria de nuestra composición: cuerpo físico, alma y espíritu. El yo espiritual es aquél que tiene una diferencia con la organización corporal anímica que tenemos en común con el resto de los animales. Lo espiritual es aquello que nos distingue de los animales, aquello que nos permite desarrollar el ojo perceptivo, intuitivo sin la necesidad de ver con los ojos físicos. Serían las funciones superiores, en todo caso, desarrolladas y que algunos autores denominan clarividencia. Por lo general,  se entiende al Alma como una cuestión emocional, aunque el alma estaría incluyendo tres aspectos: lo sensorial, lo racional, y lo conciente de lo racional, porque puede haber quien racionalice pero no sea conciente de lo que racionaliza, es decir actúa, sube a un colectivo, paga un boleto, viaja en el subte, utiliza herramientas, pero no es conciente de sus actos, no reflexiona sobre sí mismo, no piensa socialmente en las consecuencias de lo que hizo o si piensa tal vez no le importa, con lo cual su alma conciente se encuentra limitada. Posee un aspecto sensorial que es todo lo que lo conecta con el sufrimiento y la alegría, tiene un aspecto racional que lo comunica con lo que hay que hacer para poder vivir coherentemente sobre la tierra y tiene un aspecto conciente que es lo que lo comunica con las consecuencias de sus propios actos en un instante, por ejemplo votar.

En cuanto a la cuestión espiritual, no es patrimonio estricto de nuestra individualidad sino que la compartimos con el cosmos. El Uno para los antiguos no pensaba, porque si pensase debería dejar de ser Uno para ser el que piensa y lo pensado, por lo tanto tenía que haber un desprendimiento, una ‘díada indefinida’,  en la que participaba el uno y el espíritu, y el espíritu era el que intuía. Esta fuerza espiritual es la que intuye al Uno, a la unidad de todas las cosas, y también a la diversidad. Estas fuerzas espirituales intuyen en el cosmos y nosotros participamos de esa fuerza intuitiva, de esa capacidad intuitiva. Este yo espiritual es el que me conecta con el cosmos. El yo común es el que me conecta con mi aspecto físico. Por eso Bach hace la distinción entre el yo común y el yo espiritual al que tenemos que acceder. Entonces, la salud consiste en obedecer las órdenes del alma (espíritu) y estar de acuerdo con nuestro yo espiritual, aquél que está en contacto con el cosmos, con las fuerzas cósmicas espirituales que se manifiestan en las cosas en términos más o menos adecuados o desarrollados, por ejemplo, en la piedra en términos materiales y en la flor se manifiesta en toda su plenitud. Esta espiritualidad propia de los objetos de cada reino, podemos conocerla siempre y cuando comprendamos que podemos hacerlo gracias a que tenemos el modo de ser de las cosas del universo, del espectro de las cosas del universo, los minerales en los huesos, lo vegetal en algunos aspectos de lo circulatorio, y/o lo animal en ser mamíferos, y además tenemos un plus, que sería el Yo espiritual. Lo que no logramos muchas veces es conectarnos con esas capacidades, esas potencialidades. Las dejamos de lado, no las aceptamos o nos conformamos con lo psicofísico, con una mente que supuestamente funcionaría como lo hace un estómago segregando determinado tipo de jugo gástrico y por lo tanto lleva a cabo la digestión, así como un cerebro que segrega cierto tipo de proceso mecánico que se convierte en pensamientos, y por lo tanto el pensamiento es patrimonio mío, personal o de cualquier otro ser vivo humano y nada más, como si nosotros hubiéramos venido de un cosmos distinto de este. Sin embargo, hemos surgido en este cosmos junto con las flores, los árboles, los mares, pero tenemos ese plus, que muchas veces no lo usamos y hasta lo negamos. Entonces, Goethe, el gran poeta alemán y luego Bach que lo retoma, tratan de señalarnos que nuestro yo psicofísico tendría que conectarse con el universo en su conjunto y por lo tanto con todos los seres vivos que se encuentran en el universo para poder entrar en una interacción plena, y saberse miembro, un miembro más aunque en cierto modo privilegiado de ese cosmos. Ese plus que es el yo espiritual sería aquél que logra salirse de esas fuerzas vulgares y se conecta con fuerzas que nos han constituido a todos. Si voy por el bosque, piso una flor, me resbalo y caigo, no puedo insultar a la flor, porque no puedo ni imaginar lo que le pasó a la flor. Si la flor pudiera hablar y decir todo lo que piensa de mí, como mínimo diría: “¡pero cómo no me has visto!”.

Entonces, para comprender el planteo general de Bach respecto a cómo se produce la enfermedad, cómo se produce la cura, tenemos en primer lugar, que aceptar un modo de ver la enfermedad como el conflicto entre el Alma (espíritu) y el yo común. Otro de los aspectos, es que no nos curamos, en todo caso, vamos hacia la enfermedad, actuamos por egoísmo, crueldad, codicia atentando contra la unidad. Tenemos que tratar de comprender el mundo como una gran sinfonía en la que las personas, las plantas, las cosas, los animales, todo, son manifestaciones de esa gran unidad y que aunque se nos manifieste por separado, es única. Una vez que alcancemos esa unificación es probable que comprendamos que contamos con otras fuerzas que nos pueden ayudar a curar, que nos pueden armonizar. Normalmente en lo urbano, por ejemplo, la enfermedad se presenta como un problema de falta de adecuación, de falta de armonía respecto de un ser y lo que lo rodea, que siente que no hay comunidad sino un conjunto de individualidades fragmentadas y aisladas que corren para el mismo lado o diferentes. Esa sensación de soledad extrema que sufre una persona en una gran ciudad en la que cada uno ‘hace la suya’ para salvarse, hace que posiblemente crea que su microcosmos es el cosmos, es el todo. Como no tiene ninguna posibilidad de resolver el problema de la totalidad pasa a creer que su microcosmos individual es el todo y cada vez nos alejamos más del otro. Esta sensación de fragmentación puede promover miedo, que es uno de los tres elementos que Bach define como promotores de enfermedades.

Bach nos dice que la armonía se produce por AMOR. Amor con mayúsculas. Algunas interpretaciones consideran que el amor, en términos terrestres, es la fraternidad, otros la solidaridad, otros la caridad y toda una serie de palabras que se pueden utilizar, pero básicamente hay un acuerdo en que el AMOR es una ‘fuerza universal creadora’. Y la palabra universal choca por el vértice con la palabra individual, con el culto a esa individualidad, cuando tiene que estar al servicio del conjunto, de otro modo esa individualidad que cree que es el todo falla en la valoración de lo que es. Esta individualidad se considera plena cuando en realidad le está faltando la integridad, le falta lo otro, el otro, lo demás, lo que no es, como si estuviera sola y pudiera ser autosuficiente. Se enferma en realidad porque no consigue imponerse como autosuficiente. Porque lo que tiene que buscar es la armonía con lo que le circunda, de lo contrario es muy probable que flaquee su capacidad de resistencia aún cuando no sea conciente de lo que vive. Para que este yo espiritual, que comprende que somos parte de un cosmos, pueda armonizar con este yo individual que se cree único, irrepetible, maravilloso, que prescinde de los demás, que puede tener privilegios -característica básica del yo de esta cultura- necesita buscar la cura en la vinculación comunitaria. Es como decir “bueno, vamos al hospital a curarnos”, “vamos al hospital de la comunidad”, vamos a la comunidad, pero la comunidad no es un lugar en ese sentido, en todo caso la comunidad sería un logro, ¿y qué nos unifica a los seres humanos como comunidad? La comunidad es experiencia y podemos llegar a construirla, y como según Bach la comunidad cura, entonces vamos a tener que ponernos manos a la obra.

En el capítulo tercero de “Cúrense a ustedes mismos”, Bach señala siete defectos del yo común: el orgullo, la crueldad, el odio, el egoísmo, la ignorancia, la inestabilidad y la codicia. Se detiene en la codicia, la nombra al final, valdría la pena hacer un análisis de estos defectos, pero con la codicia nos alcanza. Ofrece un ejemplo acerca del vínculo con los padres, refiere que la paternidad es sagrada ya que tiene que dar sin pedir ningún tipo de reciprocidad, sin esperar que el joven le devuelva nada, le tiene que dar porque sí, de lo contrario se genera un tipo de codicia de las peores, de las más negativas que operan imposibilitando la libertad del hijo. Esto parece interesante, porque al concepto codicia se lo entiende de otra manera. Esta es una cultura que está basada en la codicia, es una civilización que está sustentada sobre la base de estos siete defectos. El principio “kantiano” de ‘para qué sirve’ aplicado a los seres, puede que una vaca sirva para hacer una cartera, y la cartera para venderla, y el río para que pueda arrojar todos los desechos de mi curtiembre y el mar para que se lleve toda el agua contaminada y apenas se note. Uno podría entender así la vinculación con el resto del mundo en el que vivimos, en términos utilitarios y con toda la magnitud de la codicia que imposibilita la libertad de un ser joven en formación cuando sus padres lo cargan con una deuda semejante.

Pasemos revista al planteo de la psicosomatización ya que hay quienes consideran que la valoración de los defectos es de carácter metodológico, es decir, que con sólo agudizar un poco la mirada e identificar la flor, le puedo dar un frasquito y ‘yo lo curo’. Habría toda una serie de recetas y procedimientos: “si le duele el hombro izquierdo por la mañana es porque es de determinada manera”, “si tiene una esclerosis por lo tanto es rígido” o “si tiene artrosis tendría que sucederle tal cosa y si sufre hipertensión su personalidad sería tal…” y subo la apuesta “si es de tal signo o si tiene determinada cuadratura de Plutón con la Luna sus flores serían tales”, visto así este sería un planteo mecánico aunque Bach no es un mecanicista, todo lo contrario, es un espiritualista, y resulta que no se puede entender a Bach si no se efectúa una lectura de lo previo, lo que está en el conjunto. Esto es alopatizar a Bach, es malinterpretarlo. Hay una valoración acerca de las razones de la salud y la cura que son mucho más importantes, porque si hacemos un reduccionismo corremos el riesgo de cristalizar a Bach, de encerrarlo en un frasco de piedra. Las ‘indicaciones psicosomáticas’, no pueden ser un punto de llegada, es un punto en todo caso de partida de la observación, uno puede atender a una persona que está somatizando, pero la somatización es la manifestación última de la enfermedad, no es la enfermedad, es sólo el síntoma. Bach no es un reduccionista, tiene una noción de amplitud en cuanto al universo y no reduce la personalidad humana a cuatro o cinco síntomas. En todo caso,  la somatización sería un momento a superar para retornar al marco adecuado de lo armónico, de lo contrario la somatización va a permanecer y nosotros vamos a seguir atacando síntomas creyendo que estamos atacando un centro específico que produce la enfermedad.

Bach es un benefactor de la humanidad, porque señala que nuestros actos tienen consecuencias universales, y que podríamos lograr la libertad si evolucionamos hacia la perfectibilidad posible que está involucrada en nuestras características, y en todo caso curarnos a nosotros mismos, siempre y cuando hagamos este tipo de ejercitaciones. Porque Bach no le dice a las personas “cúrense, que ustedes pueden curarse a sí mismos de cualquier manera”, no es ni un imperativo ni un ‘de cualquier manera’, él ofrece una conjunción, un modo de entender el mundo en el que vivo y al cosmos al que pertenezco y da una serie de indicaciones acerca de lo que imposibilita la cura o de lo que produce la enfermedad en todo caso, e incluye los hilos culturales, civilizatorios, las fuerzas que no se ven pero están. Se trata de una toma de conciencia global lo que estaría en juego, porque es lo que permitirá salir del yo hacia el Yo Superior para alcanzar el Nosotros.

Gabriela Ricciardelli
Dra. H. C. en Medicina Floral

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CENTRO CEDES - DGEGP Res. C-497 - Gabriela Ricciardelli

Palabras claves: Los riesgos del reduccionismo en la Terapia Floral, Gabriela Ricciardelli

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